viernes, 30 de marzo de 2012

DIOS DE LIBERTAD Y DE VIDA

“Erase una vez, en un país lejano…”. Así comenzaban muchos cuentos e historias que nos narraban nuestros abuelitos. Los que ya hace bastante tiempo que dejamos de ser niños no sabemos si lo seguirán haciendo. La mayoría de esas narraciones, que despertaban en nosotros sentimientos de admiración, no eran reales, sino inventadas; pero siempre transmitían lecciones que nos servían para la vida. Ahora bien, la historia a la que ahora hacemos alusión, sí es real, aunque el inicio sea el mismo. “Érase una vez, en un país lejano…”. Sí, ese país lejano era y es Palestina. Allí vivieron los hebreos, un pueblo dedicado a la ganadería y a la agricultura. Ese pueblo se formó alrededor de un líder, un hombre profundamente creyente que tenía por nombre Abraham. Como todos los pueblos, también éste pasó por momentos difíciles. Muchas personas tuvieron que emigrar a otro país en busca de mejores condiciones de vida. Así llegaron a Egipto. Allí trabajaron duro, cada vez en peores condiciones laborales, oprimidos por faraones. Hasta que llegó el día en que no aguantaron más. Cansados de tanto abuso y animados por un nuevo líder, llamado Moisés, se organizaron y se dispusieron a buscar una tierra mejor donde vivir en libertad y prosperidad. Ellos, que eran un pueblo creyente, estaban convencidos que era Dios quien les impulsaba a hacer realidad esos deseos. Él quería para ellos una vida más digna. Se pusieron en marcha. La Biblia, que narra esta historia, dice que aquel pueblo tuvo que hacer una larga travesía por el desierto. Con eso nos quiere decir que el camino hacia una vida mejor es largo y lleno de dificultades, pero hay algo que nos anima: Dios camina con nosotros. Aquel pueblo consiguió su libertad, pasó a una tierra y vida nuevas. Es su Pascua, que la siguen celebrando matando un cordero.
Muchos años después, a aquel mismo pueblo perteneció un hombre llamado Jesús. De Nazaret era. Murió joven y de manera cruel, aunque, según testimonio de muchos, “pasó por el mundo haciendo el bien y liberando a la gente de sus males”. Con su palabra y sus obras presentaba a un Dios cercano, amoroso, “rico en misericordia”, que no quiere que nadie se condene, por lo que ofrece salvación a todos. Hizo de su vida servicio, llegando a lavar lo más sucio de la persona, sus pies. Más aún, se puso a disposición de los más desfavorecidos. Buscando vida para ellos perdió la suya. Fue crucificado. Había gente que no quería cambios y veían en él a alguien peligroso al que había que eliminar. Pero Dios lo resucitó, le dio la razón. Ese paso de muerto a vivo, de fracasado a triunfador, de este mundo al Padre es la Pascua de Jesús, nuevo Cordero de Dios. En Semana Santa, con agradecimiento, la celebramos de modo extraordinario.
La Pascua también debe darse en nosotros. Personalmente tiene que suponer el paso a ser personas nuevas, con valores diferentes, con actitudes de servicio y compromiso en favor de nuestro prójimo, lo que implica hacernos próximos especialmente a los que peor viven. También a nivel social necesitamos cambios que mejoren la calidad de vida. En Celendín hay realidades que nos recuerdan la larga travesía del desierto; entre ellas enumeramos algunas: 1.- Carretera a Cajamarca ¿y Balsas? ¿Estaremos ya en la recta final? ¿Se harán realidad en los próximos meses el 2° y 3° tramos? 2.- El Mercado. Pasan los meses, se sigue disparando el presupuesto y los mercaderes siguen dispersos por gran parte de veredas de no pocas cuadras. ¿Podemos creernos el cartel que habla de 210 días para su culminación? 3.- Agua y desagüe. Y suciedad por todas partes, calles intransitables, desorden en el tráfico. (¡vaya empresa desastrosa y descuidada! ). 4.- Conflicto Conga. De nuevo la sombra de modernos faraones que imponen su voluntad, desoyendo al pueblo y oprimiéndolo. Ojalá se resuelva de manera racional, sin violencia y contando con la voluntad del pueblo.
¡Bendita Pascua! Hagamos posible su llegada. Demos gracias a Dios que nos llama a la libertad y la vida.